Acoso escolar e institucional extremeño

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martes, 28 de julio de 2015

Así puede un profesor prevenir el acoso escolar en su clase

 

acoso en las aulasCarlota Fominaya

Los expertos denuncian falta de percepción por parte de los maestros de lo que ocurre en el aula

La Fundación Gestiona recomienda colgar en clase carteles con los valores de los niños

Amanda, de 19 años, Jokin, de 14, Mónica, de 16... y así hasta una larga lista de nombres de adolescentes con un denominador común: todos decidieron quitarse la vida tras haber sido víctimas de acoso escolar. «Un niño no se suicida de un día para otro. Emiten señales que los adultos que están en su esfera diaria, como pueden ser sus padres o, en este caso, los profesores, deben saber leer», indica Juan Carlos Vilar, presidente de la Fundación Gestiona. «Hay que actuar preventivamente. Las consecuencias, en demasiadas ocasiones, son irremediables», advierte. Hay otro factor común a todos estos casos de acoso, y es que todos ellos comenzaron en el colegio. «El problema está en que en muchos de los casos, los profesores que había cerca de estos pequeños nunca apreciaron que hubiera acoso escolar. O si lo detectaron, la dirección del centro no consideró oportuno sancionar a los agresores o no informó a la Consejería de Educación», añade este especialista. «Demasiadas veces tenemos que leer en los medios de comunicación las siguientes frases: "nunca se apreció acoso escolar", o "problemas ajenos al centro por completo"», recuerda.

Es indudable que para la Fundación Gestiona, «falta percepción por parte de los maestros de lo que ocurre en el aula. Las peleas, los insultos... no son "cosas de niños"», remarcan. Para Irene López-Assor, psicóloga de esta organización, esta dificultad para detectar las situaciones de acoso en sus fases preliminares es la causa de algunas de las sentencias condenatorias a colegios por casos de acoso escolar que se están produciendo en España. «Como responsables de los menores a su cargo durante las horas lectivas, los colegios tienen la obligación y la posibilidad de combatir esta lacra social. Y para ello necesitan nuevas herramientas que les ayuden a detectar y a prevenir este tipo de situaciones», añade López Assor. «Es crucial que los profesores sepan cómo detectar cualquier señal», insiste. Lo corrobora Abel González, profesor de criminología en la UDIMA con una larga experiencia en el Plan Director de Mejora de la Convivencia y Seguridad Escolar puesto en marcha por el Ministerio de Educación. «Es un imperativo que los profesores sepan detectar cualquier señal que vean durante la estancia de los niños en el centro escolar».

Ante la creciente preocupación social y del sector por este tema, la Fundación Gestiona ha desarrollado una herramienta destinada a que sean los propios centros de enseñanza los que puedan identificar síntomas y prevenir posible casos de acoso en sus aulas, basada en la información y sensibilización de toda la comunidad educativa: equipo directivo del colegio, profesores y padres, con especial incidencia en el equipo docente, que recibe formación específica para identificar y evitar el acoso. Estos serían algunos de sus consejos a la hora de prevenir el acoso escolar en las primeras etapas:

1. Identificar los perfiles psicológicos que hay en el aula. Para ello López-Assor recomienda a los maestros que observen y estudien los perfiles psicológicos de sus alumnos a la hora de hacer grupos. «Es importante saber en qué clase nos manejamos, haciéndonos las siguientes preguntas: ¿son niños fuertes?, ¿débiles?, ¿qué carga emocional tienen? Nosotros lo sabemos mediante la realización de baterías de test y jornadas de observación en las que analizamos los perfiles psicológicos de los alumnos y de su grupo de pertenencia», explica esta terapeuta. En este sentido, desde la Fundación sugieren que se cuelguen en clase carteles bien visibles con los valores de los niños. «Son una excelente herramienta para subir la autoestima», propone.

2. Enseñar a los niños más pequeños a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, y a canalizar su ira. «Tienen que aprender a utilizar la inteligencia emocional a la hora resolver conflictos, y esto se puede enseñar en clase desde las edades más tempranas», recomienda López-Assor.

3. Fomentar la comunicación. «El enemigo número uno de la víctima de acoso es el silencio. Pero si el niño aprende a expresar sus emociones y a comunicárselas a un adulto o a una persona de su confianza, habremos ganado en parte la batalla», indica esta psicóloga.

4. Ser conscientes de la gravedad tanto de los ataques intimidatorios como de los psicológicos. «Debemos apartar la idea de que para que exista acoso los niños se tienen que estar "matando en el patio". Se pueden producir agresiones durante la clase de deporte mediante una patada o un cabezazo jugando al fútbol... En el patio se puede despreciar, aislar, o ignorar a un compañero...». «Pero el peor acoso, el que más se sufre, suele ser el psicológico», matiza esta experta. «Las burlas, el mote.... hoy hay que tener mucho cuidado con esto», añade.

5. La identificación de los lugares «ciegos» en las instalaciones de la instalación escolar sería otra de las recomendaciones de esta organización. «Nos referimos a los lugares donde un niño puede aprovechar para agredir o intimidar a otro al que tenga "manía". Es bien sabido que el bullying se puede presentar de diferentes formas y en distintos lugares: dando un cabezazo durante el partido de la clase de deporte, o aislando e ignorando en el pasillo o el patio al compañero», diferencia López-Assor

Fuente:

http://www.abc.es/familia-educacion/educacion.asp

lunes, 13 de julio de 2015

Recuerdo y teoría del acoso escolar

 

ShostigamientoEQUEIROS

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Supongo que la práctica es muy antigua. Tanto como el dominio del fuerte sobre el débil, la mala educación cívica (en países como España una pandemia) y la consideración del otro, del distinto, como un apestado en la medida que fuere. Pero al igual que la viejísima pasión de algunos curas por los niños -más que muchachos, y que también vi en el colegio- el acoso escolar no se contaba, se guardaba en un terrible silencio. Cuando yo le conté a mi madre las cosas que me habían ocurrido en el madrileño Colegio del Pilar entre mis 12 y 14 años -en los pasados 60- mamá se indignó y me dijo que por qué no se lo había contado entonces, porque habría tomado cartas en el asunto. Y mi madre era viva y lista. Pero yo le contesté que entonces no lo podía decir, no conseguía verbalizarlo, y que incluso, de haberlo hecho, el director -otro cura- no habría dudado en responder: señora, no se alarme, no ocurre nada, son chiquilladas, ellos mismos las arreglan. Pero no era verdad, no eran chiquilladas sino groseras canalladas y los curas si no se daban cuentan es que miraban para otra parte...

"Acaso toque volver a una cierta dureza. Esas fieras deben ser castigadas de algún modo. Niños no son"

Yo sufrí el acaso escolar (e incluso un día que me perseguían tuve que refugiarme en una iglesia, calle Goya) a pesar de ir a un colegio donde se suponía que todos éramos niños bien, la élite de la gran derecha española. Mi padre acababa de morir y era yo un niño tímido y callado, amante de los tebeos de romanos y sin la menor pulsión sexual a los 12 años. Pero ellos -esa pequeña minoría bárbara, recuerdo con asco los nombres de todos- vieron en mí a un diferente, a un chico delicado y distinto -estaba muy mimado en casa- y atribuyeron tanto cuidado y arreglo a lo que acaso se llamara aún «una sexualidad desviada». Era fácil: me insultaban, me pegaban al pasar, me tiraban con saña un balonazo en el recreo (no jugaba al fútbol, lo detesto) o me ponían una zancadilla para ver si me tiraban... Unos días más y otros menos, pero diario y constante durante dos años. Cesó casi al cambiar de clase y hacer Letras. Recuerdo lo terrible que era, todas y cada una de las mañanas, levantarme pensando para mis adentros: ¿Qué me ocurrirá hoy? ¿Podré escapar? ¿Lograré evitarlo? Y con dolor el corazón del chico, en casa tan mimado, debía llegar al territorio yermo del colegio para enfrentar a una panda zafia de indeseables. Recuerdo que (acaso como a buena parte de la sociedad española) el tema, casi olvidado, me volvió vivísimo a las mientes, cuando hace unos años, un adolescente vasco, Jokin, se suicidó tirándose desde un alto. Al leerlo me dije: a mí me pasó lo mismo, yo también pensé en el suicidio a los 14 años, porque ya no aguantaba más el acoso de mi tribu de fieras. Pero se ve que -aunque llegué a darme golpes contra el suelo, pensando que me abriría la cabeza y lloraba- debí de ser más fuerte. He vuelto a recordarlo y revivirlo con la chica que se suicidó hace unas semanas en un instituto de Madrid, instituto en el que (según las últimas noticias) no cesan otros acosos, aún más vulgares que el mío y ahora con la ayuda de las redes sociales, algo tan espléndido muchas veces como baladí y tonto otras. En mi época, al menos, no te podían acosar con móviles o internet, todo lo más -los días peores- te seguían un rato por la calle (pleno barrio de Salamanca) como alimañas detrás de la presa herida. Desde Jokin, no he dejado ni en una ocasión de ponerme de parte de los acosados y los he querido como un hermano y pido justicia para todos, eso tan mediocre en el mundo que vivimos. ¿Pero los que le acosaban y maltrataban y hacían la vida casi imposible eran pocos, dice usted? Pocos, es cierto. No más de cinco o seis en una clase de 30. ¿Y los demás alumnos o compañeros qué hacían? Pues esa es otra parte peor: se apartaban, se iban o permanecían en silencio. Luego, en un rincón -como dicen que ocurría con las víctimas del terrorismo- algunos acudían discretamente a darte ánimos y a decir que estaban contigo. ¿Para qué servía eso en el horror silencioso? Para nada. Unos eran salvajes, los más cobardes («cobardicas» según el lenguaje colegial) y por eso he despreciado siempre a eso que llaman -ignoro por qué con aprobación- la «mayoría silenciosa». Para mí el puro y tonto rebaño. No me gustan los colegios de curas (pese al alto nivel cultural de la época) y me desagrada profundamente el populismo gregario.

Me parece que, en todo esto, hay (entre otras muchas carencias, la buena crianza en casa entre otras) una suerte de vacío legal, que se salta un escalón crucial en la vida humana. El niño no pasa de golpe a ser un joven, ni el menor -sin más- a ser adulto. Hay una breve etapa intermedia que suele llamarse adolescencia en la que el niño ha muerto o casi ha muerto y el adulto que no ha llegado del todo, pugna por brotar con fuerza. En esa edad el menor ya no es menor (aunque no sea adulto) y como una vez me explicó un psiquiatra experto en esa «edad difícil», pocos seres pueden ser tan violentos, crueles y en último término bestias, como un chico de 14 años imbuido de machismo, chulería y testosterona. Nada (quien lo probó lo sabe) más brutal que uno de estos jovencitos energúmenos -nunca niños ya- cuando les falla la educación y el respeto al de enfrente, sea gordo, mulato o mariquita. No hay bomba tan destructora. Claro que Ud. habla de aquellos antiguos colegios no mixtos, sólo de chicos con chicos, ¿no habrá cambiado algo en los colegios mixtos con la mayor finura femenina? Digamos la verdad: en su mayoría las adolescentes de hoy ya no son «finas» (esa femineidad ha muerto) porque las chicas copian el machismo y el habla de los chicos; quieren, a su modo, parecerse a ellos. Es decir que pueden ser igual de crueles. Sépanlo: hay muchas chicas absolutamente machistas, como sus «pibitos». Así que si de veras queremos atajar este problema incívico y muy cruel, hay que empezar a decir que no ocurre en un mundo de menores (diez años) sino habitualmente entre adolescentes que -en este tiempo más aún que antes- han abandonado con ganas la puericia y se sienten (sin serlo del todo, pero más que niños) jóvenes adultos. No se los puede perdonar como a niñitos que no saben lo que hacen, ello parecería otra tontez adulta. Creemos que nuestra sociedad ha mejorado en educación y civismo, porque tenemos leyes más plurales y tolerantes, pero me temo -con la caída de educación y cultura- que hay muchos núcleos sociales o familiares donde esas ventajas legales no han llegado, porque quizá los padres son igual de sandios y brutos que los hijos, y ya sabemos que hay colegios donde también se amenaza a los profesores y estos tienen lógico miedo. Lo que en inglés se llama 'bullying' (intimidación, abuso) me parece más explícito como «acoso escolar»: una práctica infame, donde la víctima sufre gratuitamente por mor de una panda de sandios maleducados que no tienen ni idea de lo que sea respeto al otro, educación o comprensión de lo diferente. Llanamente nada pueden tener de genuinos demócratas. Como estamos viviendo un tiempo (siempre hay que salvar las excepciones que corresponda) chabacano y hortera, estos comportamientos salvajes en quienes ya no son niños, afloran de nuevo. ¿Qué hacer? Como tantas cosas en esta España, la solución pasa por un pueblo más culto y educado, términos complementarios pero no iguales. Sin embargo esa es, qué lástima, una solución lenta y hoy por hoy mal atendida. Así que acaso toque volver a una cierta dureza, a castigar, a pedir perdón, a hacer trabajos sociales. Lo que es imposible, injusto y soez es que se vayan de rositas los energúmenos que acosan (acoso escolar) y que son culpables de bastantes suicidios y de una ciclópea cantidad de sufrimiento. Esas fieras deben ser castigadas de algún modo. Niños no son. Que se lo digan a las «pibitas» con quienes se lo «montan»...

Luis Antonio de Villena es escritor.

http://www.elmundo.es/opinion.html

jueves, 2 de julio de 2015

El Acoso escolar en la legislación española

 

LeyJ. Alfocea

El acoso escolar es una lacra social que durante los últimos años ha proliferado enormemente si bien siempre queda la duda de si efectivamente ha aumentado o, por el contrario, simplemente se ha adaptado a una nueva realidad cultural que le concede nuevos medios y herramientas y que, además, ha permitido una mayor visibilidad del problema y una presencia en los medios de comunicación casi diaria. En cualquier caso es una realidad sobre la que cada vez existe mayor conciencia social pero sobre la cual aún es necesaria una profunda reflexión encaminada no tanto hacia su castigo como a su prevención y erradicación.

El acoso escolar no es más que la violencia dentro del ámbito educativo ejercida por alumnos y alumnas contra otros alumnos y alumnas, en la mayoría de los casos menores de edad, y que implica el maltrato físico, verbal, psicológico… acrecentado por el agravante de publicidad cuando, para tales fines, se emplean las actuales herramientas tecnológicas ampliamente extendidas, principalmente dispositivos móviles y todo tipo de redes sociales.

Aunque es conocido bajo diversas denominaciones como bullying o mobbing, términos también aplicados al acoso dentro del ámbito laboral, la realidad es únicamente una, un problema que afecta a miles de menores de edad no sólo en nuestro país, si no también fuera del mismo.

Si tratamos de definir con exactitud el fenómeno del acoso escolar, los expertos hablan de “aquella situación en que un alumno es agredido -física o psicológicamente- o se convierte en víctima por estar expuesto, de forma repetida y durante un tiempo, a acciones negativas que lleva a cabo un alumno o varios de ellos”. Como vemos, esta definición restringe la violencia o acoso escolar a la relación entre iguales, alumno-alumno, sin embargo no son pocos los casos en los que también se han visto implicados docentes.

La Carta de Derechos del Niño pone en evidencia que el acoso escolar es un problema internacional que preocupa, o debería preocupar, a la totalidad de la comunidad internacional dentro del marco de los derechos del menor. Así, en dicho documento podemos leer artículos como el que sigue a modo de ejemplo:

Artículo 2.2: Los Estados Partes tomarán todas las medidas apropiadas para garantizar que el niño se vea protegido contra toda forma de discriminación o castigo por causa de la condición, las actividades, las opiniones expresadas o las creencias de sus padres, o sus tutores o de sus familiares.

Como cabría esperar, también la Unión Europea ha demostrado su preocupación por la lacra del acoso escolar aprobando normas encaminadas a su prevención. Entre ellas destaca el Programa Daphne II contra la violencia ejercida sobre la infancia, los jóvenes y las mujeres, cuyo fin primordial es el de generar conciencia social a través de la educación, la asistencia y la atención a las víctimas.

En España sin embargo, echamos en falta una mención expresa al acoso o violencia escolar en nuestro Código Penal. Dado que no existe artículo alguno que individualice y trate este problema de forma individualizada y en sus precisas dimensiones, el acoso escolar es tratado como parte integrante del artículo 173.1 CP  Título VII: De las torturas y otros delitos contra la integridad moral- y que señala lo siguiente:

El que infligiera a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años. Con la misma pena serán castigados los que, en el ámbito de cualquier relación laboral o funcionarial y prevaliéndose de su relación de superioridad, realicen contra otro de forma reiterada actos hostiles o humillantes que, sin llegar a constituir trato degradante, supongan grave acoso contra la víctima.

Hace ya dos décadas el Real Decreto 732/1995, de 5 de mayo de 1995, por el que se establecen los derechos y deberes de los alumnos y normas de convivencia en los centros, señaló que son la Administración educativa y los Órganos de dirección del centro docente los agentes responsables de frenar el acoso escolar, es decir, son los propios docentes los que deben, en primera instancia y, en todo caso, apoyados por el resto de la comunidad escolar y los padres y madres, luchar contra este terrible problema.

Dicha normativa también apunta hacia el centro escolar como el responsable de todo tipo de daño causado a un menor debiendo adoptar las medidas oportunas encaminadas a garantizar su seguridad: sanciones, expulsiones, reuniones con alumnos, padres…

El artículo 8 del citado Real Decreto establece además la obligación que tiene todo centro educativo de realizar un seguimiento constante de la aplicación de las normas de convivencia, cuyos resultados deberán además ser reflejados, al menos, en un exhaustivo informa anual:

El Consejo Escolar elaborará, siempre que lo estime oportuno y, en todo caso, una vez al año, un informe que formará parte de la memoria de final de curso sobre el funcionamiento del centro, en el que se evaluarán los resultados de la aplicación de las normas de convivencia, dando cuenta del ejercicio por los alumnos de sus derechos y deberes, analizando los problemas detectados en su aplicación efectiva y proponiendo la adopción de las medidas oportunas. La Inspección técnica de Educación examinará dicho informe y propondrá al centro o, en su caso, a las autoridades educativas las medidas que considere convenientes.

Pero también cabe la posibilidad de que en casos de extrema gravedad, el centro educativo y sus integrantes se muestren incapaces de poner freno al acoso escolar por lo que, llegado ese momento, la situación deberá ser denunciada ante la justicia con el fin de que ésta sea objeto de aplicación de las normas de Derecho Penal. Entramos entonces en el terreno de la edad y la responsabilidad pues, si el autor de los hechos violentos en menor de 14 años, éste carece de cualquier tipo de responsabilidad penal según la legislación vigente por lo que será la Fiscalía quien indicará al centro educativo las medidas que procede adoptar respecto al acosador y a la víctima.

Por contra, si el autor de del acoso escolar tiene una edad comprendida entre los 14 y los 18 años no cumplido, se aplicará la Ley Orgánica de Responsabilidad Penal del Menor (LORPM) pudiendo ser considerado responsable bien de un delito de trato degradante, bien de una falta de vejación injusta, en función de la gravedad de los hechos.

Fuente:

http://www.delitosinformaticos.com/

viernes, 5 de junio de 2015

Acoso escolar: ¡Basta ya!

 

Araceli OñateARACELI OÑATE (*)

¿Qué pensaría si en el Plan de Acogida de su empresa se incluyeran artes marciales frente a las posibles conductas depredadoras de compañeros y jefes? ¿Y si a la violencia de género le llamáramos "conflicto" y a las mujeres maltratadas les ofreciéramos cursos para mejorar sus habilidades de comunicación? ¿Y si buscamos en ellas la causa del maltrato que reciben? ¿Y si en lugar de adoptar medidas inmediatas de protección en los aseos y en el patio, tras preguntar a todos y cada uno de los alumnos de cada centro -vía cuestionario anónimo- por las conductas de maltrato que padece, hacemos sociogramas y obras de teatro?

La negación institucional de la realidad violenta en nuestras aulas ha dado lugar a todo un esperpento que convierte a la violencia en rentable. Un sistema educativo que, hecho 17 pedazos, ha instrumentalizado las aulas al servicio de las causas del poder y convierte en víctimas o agresores a niños y niñas en edad escolar. Profesores citados en los juzgados, padres que denuncian a docentes, alumnos que atentan contra la dignidad de compañeros y profesores. Impunidad y judicialización ponen de manifiesto el fracaso de todas las instancias educativas, grupales, familiares y sociales. Un fracaso de todos, mientras planes de convivencia, observatorios y un sinfín de programas ineficaces dejan a padres, alumnos y profesores sumidos en la indefensión y abocados al recurso a los tribunales de justicia ante situaciones de violencia que vulneran derechos fundamentales y privan a nuestros niños y jóvenes de su derecho a una escuela libre de violencia.

El acoso escolar es un problema de todos, pero cada familia de un niño victimizado en el entorno escolar debería exigir la responsabilidad patrimonial de la Administración, porque la escuela tiene el derecho y el deber de ser un lugar seguro y la Administración educativa ocupa una posición de garante sobre la salud y la seguridad del niño cuando éste se encuentra en el entorno escolar.

Es hora de hablar de futuro, de eficacia y de progreso, también en el mundo de la educación, pero resulta perversa la búsqueda de culpables entre alumnos que acuden a colegios e institutos a aprender. Porque mas allá del debate sobre la Ley del menor, criminalizar a la infancia, crear nuevos chivos expiatorios es desconocer la esencia de un fenómeno grupal como el acoso y la violencia escolar, cuya responsabilidad corresponde única y exclusivamente a la institución educativa que, oculta tras sus costosos e ineficaces programas, pervierte el lenguaje, convierte en culpable a la víctima buscando en ella o en su familia la causa del maltrato que recibe, deja a directores y profesores al pie de los caballos e invierte en protegerse a sí misma los recursos que debiera poner al servicio de la protección de las víctimas.

Mientras la Comisión Europea recuerda que la educación y la formación, claves para la Estrategia Europa 2020, constituyen el motor para el crecimiento y el empleo, agresiones, faltas de respeto e indisciplina forman parte de la realidad diaria que profesores y alumnos respiran en las aulas españolas.

Basta ya de planes ineficaces, de costosos programas, de fundaciones y ONGs en los centros educativos, de paracaidistas y bienintencionados que hacen del acoso escolar un proceso endémico que unido a la victimización secundaria se arrastra durante meses y años y acaba siempre con la estigmatización y expulsión de la víctima como si de un cuerpo extraño se tratara, con el aprendizaje de la indefensión y la rentabilidad de la violencia.

Tanto los últimos informes PISA como los informes Cisneros VII, IX y X han venido alertando acerca de la incidencia del clima escolar en los resultados de los alumnos y en los riesgos psicosociales de los docentes. Algo pasa en las aulas que sitúa a un elevado porcentaje de los jóvenes en alto riesgo de exclusión social, mientras la institución educativa ha desarrollado un sistema perverso que garantiza el silencio decretado sobre la violencia y el acoso en las aulas a niños de siete a 17 años.

No nos podemos permitir la pérdida de talento derivada de las conductas de maltrato escolar. Dos de cada tres casos de acoso escolar son antiguos y el estrés postraumático es la herida invisible que afecta a un 53% de los niños acosados, produce cambios permanentes en la personalidad y no remite con el paso del tiempo. Si la OMS, en su estudio HBSC para 35 países, alertó en 2004 de un 24% de acoso escolar en España, el Informe Cisneros X constató en 2007 que la víctima no es débil física ni psicológicamente y que la violencia social y psicológica multiplica por cuatro el daño por estrés postraumático, la ideación autolítica y los niveles de ansiedad grave.

Basta ya de mirar hacia otro lado. La violencia puede y debe medirse. Frente al modelo fracasado de los últimos 20 años, familias, profesores y alumnos exigen de sus poderes públicos una escuela libre de violencia física, psicológica y social y una Ley Integral de Prevención de la Violencia en las Aulas que erradique el acoso escolar, incorporando la identificación precoz y evaluación periódica de las conductas de maltrato para que puedan ser cortadas de raíz, dentro de una cultura de calidad en la educación.

(*)Araceli Oñate es directora del Instituto de Innovación Educativa y Desarrollo Directivo.

Fuente:

http://www.elmundo.es/

 

lunes, 25 de mayo de 2015

Suicidio de adolescente con discapacidad tras sufrir acoso escolar

 

salto al vacioLa familia de la menor, alumna de un instituto madrileño, había acudido a la policía

Pilar Álvarez / Elisa Silió / F. Javier Barroso

Una chica de 16 años se ha suicidado este viernes en Madrid. Se despidió de sus amigas por WhatsApp y se tiró al vacío desde la sexta planta de su bloque de pisos. Estudiaba en un instituto del sur de Madrid capital, en el que había padecido acoso escolar, según denunció su familia hace apenas un mes. La menor, con discapacidad intelectual y motora, contó a sus profesoras que otro alumno del centro le exigía dinero y la coaccionaba con mensajes.

“Estoy cansada de vivir”, escribió la chica en un mensaje de teléfono a sus amigas antes de arrojarse por el hueco de las escaleras. Lo hizo en la vivienda familiar que compartía con su hermano menor y sus padres en el barrio de Usera, al sur de Madrid capital. Era un poco antes de las nueve de la mañana, cuando en el instituto al que asistía estaban empezando las clases un día más. La familia relaciona directamente el hecho con un caso de acoso escolar a la chica que detectó el centro y que sus padres habían denunciado ante la policía.

"Estoy cansada de vivir", escribió a sus amigas en un mensaje

Hace aproximadamente un mes, la familia presentó una denuncia en la comisaría del barrio después de que las tutoras de la menor avisaran a la madre de la chica de que estaba sufriendo acoso escolar por parte de un compañero del centro. Le exigía dinero y ella se puso a trabajar para conseguirlo. “Cuidaba de gente mayor y juntó los 50 euros que le pedía este sinvergüenza”, relataba conmocionado su tío a EL PAÍS en el rellano de la vivienda de la abuela, situada en otro barrio obrero de la capital, el Pozo del Tío Raimundo.

La alumna sufría una discapacidad motora y otra intelectual “de entre el 30% y el 40% que le hacía comportarse como una niña de 10 años”, según su tío. Repitió un curso y este año asistía a 2º de la ESO en el instituto en el que, según fuentes del centro, varios menores tuvieron que ser atendidos por los médicos por “ataques de ansiedad” tras conocer lo que le había pasado a la muchacha.

Fuentes de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid aseguran que no les constaba que esta menor hubiera tenido algún problema psicológico ni enfrentamientos anteriores con otros alumnos, un extremo que desmienten tanto la familia como las fuentes del centro consultadas por EL PAÍS.

Tras conocer la muerte de la estudiante, Educación envió al centro a un psicólogo y a dos inspectores que están valorando qué ha ocurrido, después de reunirse con profesores y con la única orientadora del instituto, al que acuden unos 1.200 alumnos. Sus familias han protagonizado distintas movilizaciones en los últimos años para pedir mejores dotaciones y más personal. La consejería ha anunciado que a partir del próximo lunes todos los alumnos que lo requieran serán tratados por especialistas.

Según el tío de la menor, esta le relató a sus profesoras el supuesto acoso del que era víctima y les enseñó los mensajes que recibía del chico. “No era la única a la que tenía atemorizada en el instituto, pero sí la única que lo denunció”, explica el mismo familiar.

Las tutoras avisaron a la madre de la chica, una niña “amable, superbuena y muy protectora con su hermano menor” que “reventó y contó su caso”. Ni su madre ni el resto de familiares llegaron a ver los mensajes enviados por el supuesto acosador. Cuando acudieron a presentar la denuncia a la comisaría, ella los había borrado.

Los docentes habían citado a la familia el próximo lunes en el centro para abordar el caso, según su tío, porque el pasado jueves la notaron muy nerviosa. Pero no dio tiempo: la joven ya no volverá a clase.

Fuente:

http://politica.elpais.com/politica/2015/05/22/actualidad/1432324829_320181.html

 

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http://bitacoraacosoescolarbullying.blogspot.com.es/search/label/Suicidio%20por%20acoso%20escolar%20o%20bullying

miércoles, 20 de mayo de 2015

“En este colegio no hay ni habrá acoso”: Unos 246 millones de niños sufren acoso escolar

 

acoso escolarUnos 246 millones de niños sufren acoso escolar

EFE

Unos 246 millones de niños y niñas sufren acoso o abusos de camino al colegio o en las aulas cada año, alerta la organización Plan Internacional con motivo del Foro Mundial sobre la Educación (WEF) 2015, que se celebra desde este martes y hasta el 23 de mayo en Incheon, Corea del Sur.

La violencia de género en las escuelas, desde los abusos físicos y psíquicos hasta el acoso y el "bullying", es una violación de los derechos humanos y del derecho a la educación, que limita el acceso de las niñas a una educación segura y de calidad, además de incrementar las tasas de abandono y fracaso escolar, subraya en una nota Plan Internacional.

Un 28 por ciento de las niñas nunca se siente segura en el camino al colegio y una de cada cuatro niñas nunca se siente cómoda usando los aseos de las escuelas, según el estudio "Escuchad nuestras voces", elaborado por Plan Internacional en 2014 a partir de entrevistas a 7.000 niños y niñas de entre 12 y 16 años de once países (Bangladesh, Pakistán, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Egipto, Uganda, Zimbabue, Benín, Camerún y Liberia).

En Asia, un 70 por ciento de los niños y niñas asegura haber sufrido violencia en el colegio.

El estudio "Promoción de la igualdad y la seguridad en los colegios" de Plan Internacional, con entrevistas a 9.000 adolescentes de Indonesia, Pakistán, Nepal, Camboya y Vietnam, refleja que la violencia escolar es endémica en el continente asiático y es perpetrada por profesores, personal de los colegios y los propios estudiantes.

Esta investigación evidencia "una cultura del silencio", ya que el 43 por ciento de los niños y niñas asegura no hacer nada cuando presencian violencia en las aulas.

La directora general de Plan Internacional en España, Concha López, ha abogado por introducir el problema de la violencia de género en las escuelas en la agenda global sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible y ha instado a garantizar tres años más, hasta nueve,  de educación universal, gratuita y de calidad.

Para Plan Internacional, la educación de calidad no solo es cuestión de estadísticas de resultados y tasas de alfabetización, sino de promoción de los derechos humanos y de la igualdad de género, del desarrollo de las capacidades de la infancia y de la creación de entornos de educación seguros y libres de violencia.

La organización opina que la comunidad internacional tiene la oportunidad de dar pasos concretos para combatir la violencia de género dentro y alrededor de las escuelas y asegurar que todos los niños y niñas puedan aprender sin miedo.

Subraya que la violencia en las escuelas, incluida la de género, tiene profundos efectos en la salud de los niños, en su bienestar educativo, físico, psicológico y emocional.

Las niñas nacidas cuando se trazaron los Objetivos de Desarrollo del Milenio han alzado su voz en contra de los altos niveles de violencia de género que se registran en las escuelas.

Las llamadas "niñas del milenio", nacidas en 2000, relatan incidentes de violación por parte de profesores, sexo por buenas notas, violencia y acoso en la escuela o en el camino hacia ella.

Con el fin de transformar las escuelas y las comunidades en entornos seguros e igualitarios, libres de todo tipo de violencia, los gobiernos y las organizaciones deben trabajar para hacer que los sistemas educativos se diseñen con enfoque de género y que las leyes sean efectivas en cuestiones de protección infantil, sostiene Plan Internacional.

Fuente: EFE, a través de http://www.canarias7.es/

martes, 5 de mayo de 2015

Las víctimas de 'bullying' tienen mayores riesgos de padecer problemas de salud mental

 

segregacionEl acoso escolar deja más secuelas que el maltrato por parte de adultos

Jaime Prats

Las huellas del maltrato infantil causado por adultos (básicamente los padres) en las víctimas están ampliamente documentadas: mayor riesgo de sufrir ansiedad, depresión, de abuso de drogas o de intentos de suicidio, además de peores resultados académicos. Pero, ¿qué consecuencias tiene el acoso escolar? ¿Las secuelas que dejan las humillaciones, los insultos, las burlas, la marginación del grupo, los golpes o las vejaciones repetidas por parte de los compañeros son peores que las provocadas por el maltrato en el entorno familiar?

Un estudio publicado en The Lancet Psychiatry ha tratado de arrojar luz a los efectos de esta modalidad de violencia física, verbal o psicológica entre menores (bullying, en inglés) y concluye que las víctimas de este tipo de agresión son más susceptibles de padecer problemas de salud mental al llegar al final de la adolescencia que las personas vejadas por adultos. En especial, de ansiedad, aunque también (aunque aquí la distancia es más reducida) depresión y tendencia a autolesionarse o a tener ideas suicidas.

“La conclusiones del trabajo no me sorprenden en absoluto”, comenta Rosario Ortega, catedrática de Psicología de la Universidad de Córdoba y especialista en acoso escolar. “Es un estudio muy bueno y muy interesante”, añade.

El trabajo, que se ha presentado recientemente en la reunión de las sociedades pediátricas estadounidenses (Pediatric Academic Societies), destaca la dimensión mundial del problema de la violencia entre menores. Para ello, los autores de la investigación, profesores de psicología de la Universidad de Warwick (Reino Unido), remiten a una revisión de la situación en 38 países donde  uno de cada tres menores ha sido acosado.

En España un análisis de 2009 publicado en el International Journal of Psychology and Psychological Therapy muestra que el nivel de incidencia se sitúa en unas tasas ligeramente más bajas: el 23%. “Está presente en todos los niveles analizados, siendo los últimos cursos de Educación Primaria [en especial a los 10 años] y los primeros de la Secundaria [a los 13 años] los que registran mayor incidencia”, precisa el documento.

Ante la dimensión del problema, los autores del artículo se plantearon evaluar las consecuencias del bullying de forma aislada, es decir, en personas que solo hubieran sufrido este tipo de acoso. Y compararlas los efectos en la salud mental (medidos a los 18 años tras seguir a los chavales desde los 8-9 años) con las secuelas que deja el maltrato adulto, que estudiaron por separado. Para ello, acudieron a dos grandes bases de datos poblacionales. Una es la británica ALSPAC (Avon Longitudinal Study of Parents and Children in the UK) formada por 4.026 niños. Otra es la estadounidense GSMS (Great Smoky Mountains Study) que monitoriza a 1.420 niños.

Para medir el impacto del acoso, los investigadores midieron el efecto en la salud mental, en general. en el grupo estadounidense, frente a un 17% de maltratados con secuelas, la tasa se disparaba en un 36% entre los acosados. Al detallar los efectos a través de síntomas más concretos, también había sensibles diferencias respecto a la ansiedad (8% por 25%) y algo menos (unos cuatro puntos porcentuales) en casos de depresión y autolesiones.

A primera vista puede sorprender que las consecuencias del acoso escolar sean más perjudiciales que las del maltrato, cuando en este último caso, son los padres o los familiares quienes agreden a los pequeños, con la carga emocional que ello comporta. A Rosario Ortega no le resulta extraño. “Los padres nos influyen mucho en los primeros años de vida, pero en la escuela el niño comienza a perfilar la dimensión social, y a medida que crece y se acerca a la adolescencia las figuras de apego cambian y lo que le importa al niño son los otros". La también vicepresidenta del Observatorio Internacional de la Violencia Escolar explica que sufrir este tipo de violencia por parte de sus compañeros  en el último periodo del desarrollo del menor "supone un desequilibrio y un desgaste de la personalidad del sujeto de forma muy fuerte”. Y si se prolonga en el tiempo "destruye factores relevantísimos de la personalidad del sujeto", con las consecuencias que describe el artículo.

“Sufrir acoso escolar no es un inofensivo rito de iniciación o una parte inevitable de hacerse mayor, tiene serias consecuencias en el largo plazo”, concluye Dieter Wolke, profesor de psicología del desarrollo de la Universidad de Warwick (Reino Unido) y uno de los autores del trabajo. La catedrática de la Universidad de Córdoba destaca que en las últimas décadas las sociedades occidentales han avanzado mucho en su lucha contra el maltrato infantil, pero no tanto en el ámbito del acoso escolar. "Debemos asumir que un niño no puede ni debe acosar, maltratar o abusar de otro, y que las escuelas deben intervenir; hay que formar bien a los maestros y a los padres. No son cosas de niños, es muy dañino y sigue siendo muy frecuente", añade Ortega

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