Acoso escolar e institucional extremeño

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lunes, 12 de marzo de 2012

Muerte por bullying

 

“Tal parece que en nuestro país todo es superable, cada vez que pensamos que hemos visto hechos que nos sorprenden o nos asombran, nos topamos simplemente con que no era el peor, era solo el último”.

Juan Antonio Mazariegos G.


Hace unos días fuimos testigos, a través de los medios de información, de la agresión en contra de un niño de 11 años, Carlos Sosa, por parte de dos adolescentes (15 y 17 años) que derivó en la agonía del primero, hasta tener como desenlace su fallecimiento a consecuencia de las heridas internas que sufrió al haberle inyectado, sus agresores,  aire con un compresor a través de su recto anal.
Hoy en día, en el marco de una lógica reacción y consecuencias, el Ministerio Público abre proceso en contra de los menores agresores y hasta se estudia la responsabilidad de los padres; en el Congreso de la República se ventilan y discuten iniciativas y proyectos de ley para mitigar el problema y existe también  en distintos sectores de la sociedad  una serie de iniciativas ciudadanas y opiniones que pretenden hasta la modificación del artículo 20 de la Constitución Política de la República, en el sentido de terminar la inimputabilidad de los menores de edad que transgredan la ley. Ahora bien, estos actos e iniciativas, por supuesto justificables y necesarios, no son más que medidas reactivas que no acabarán el problema de fondo, una niñez y adolescencia sumergidas en una sociedad violenta y que camina hacia los orígenes más animales del hombre, la dominación del más fuerte, el sometimiento del débil, el disfrute del poder. Vivimos una ausencia de valores, incentivada porque los niños son el reflejo de lo que ven, copian simplemente su medio y lo aplican. Tratando de dar una idea de la envergadura del problema y de ubicar alguna salida al mismo, sin duda debemos empezar por conocerlo, en ese orden de ideas, una definición como muchas otras que hay del bullying indica que es el maltrato físico y/o psicológico deliberado y continuo que recibe un niño por parte de otro u otros, que se comportan con él cruelmente con el objetivo de someterlo y asustarlo para obtener algún resultado favorable para los acosadores o simplemente para satisfacer la necesidad de agredir...  Sin duda, no podemos atender únicamente el lado posbullying del problema;  es indispensable la prevención y la educación de nuestros menores, que los programas escolares incentiven el conocimiento del problema, promuevan el diálogo entre los estudiantes de las escuelas y colegios que, en fin, se realicen esfuerzos para prevenir las agresiones antes que prepararnos a juzgar a los acosadores. Esos mismos niños que hoy son víctimas o victimarios, serán en un futuro cercano los adultos que acosarán o serán acosados, y el efecto lejos de detenerse se multiplicará inexorablemente. Seguramente no estamos ante el nacimiento de un nuevo fenómeno de violencia y sin duda todos recordaremos un episodio en nuestra infancia en el que vimos, supimos o fuimos agresores o agredidos, por supuesto no en la medida de la agresión que segó la vida de Carlos Sosa, pero es que al final, con que haya un solo niño que sea víctima de acoso el hombre vuelve a su origen animal y nos alejamos de la posibilidad de vivir en sociedad.


Fuente:

http://www.lahora.com.gt/index.php/opinion/opinion/columnas/154627-muerte-por-bullying